Teatro LA CND en la Zarzuela

Subidos a las puntas

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Lucía Lacarra y Marlon Dido en 'Sonatas', de José Carlos Martínez. | Jesús Vallinas

Son el símbolo de la danza clásica y el objeto de deseo de muchos. Las zapatillas de punta comenzaron a usarse en 1832 en París, en el ballet 'La Sílfide', y su significado ha ido más allá de los escenarios. La Compañía Nacional de Danza da un paso más en su intención de alternar clásico y contemporáneo, y presenta en el Teatro de la Zarzuela un espectáculo sobre los dedos de los pies. Cinco piezas, desde lo más reciente a lo más antiguo, que contarán, como pareja invitada, con la española Lucía Lacarra y el albanés Marlon Dido, del Ballet de Munich.

"Las zapatillas son el emblema y siempre ha habido fascinación por ellas", explica José Carlos Martínez, director de la compañía, sobre un elemento que para él es también una metáfora. "Creo que ya se ve el trabajo que hemos hecho en estos dos años. No hemos llegado a la meta, pero vamos hacia un nuevo repertorio que alterne todos los estilos". Lo dice satisfecho y con el deseo de estrenar dentro de un año un espectáculo clásico completo. "Para llegar a nivel de excelencia hace falta tiempo. Hemos avanzado mucho más rápido de lo que esperaba".

'La CND en Punta's', que estará en la Zarzuela desde el 14 hasta el 23 de junio y que después marchará de gira, incluye 'Who Cares?', de Balanchine, 'Tres preludios', de Ben Stevenson, 'Herman Schmerman', de William Forsythe; y 'Sonatas', del propio Martínez. Pocos días antes del estreno se ha añadido un paso a dos de 'La dama de las camelias', de John Neumier, que bailarán Lacarra y Dido sólo algunos de los días.

"Las puntas cambian la manera de bailar y dan sensualidad a la danza, casi erotismo. Muchos de los coreógrafos de contemporáneo las han utilizado en sus obras", añade Martínez, sobre un accesorio normalmente femenino, pero que él tuvo la oportunidad de disfrutar y sufrir en su etapa como bailarín.

La primera vez fue cuando se convirtió en Madastra de la versión de 'Cenicienta' de Nuyeyev de la Ópera de París, en un personaje un poco cómico (un hombre vestido de mujer) que no le exigía la misma destreza que a ellas. "La sensación es muy bonita, pero es un delirio intentar estar en equilibrio. A nivel de giros, te da la impresión de que no vas a tocar suelo, de que vas a salir volando hacia arriba".

Lo negativo, que la piel no esta preparada, como si lo está, por su uso, la de las bailarinas. "Lo peor eran los dedos, porque después de estar bailando tantos años sí que tenía la fuerza para subirme en las puntas. Pero, antes de colocármelas, era toda una preparación: el esparadrapo alrededor de cada dedo, la protección con el algodón y los 10 minutos previos. Si se te olvida ese proceso es terrible, sobre todo por las ampollas, que te duran 15 días".

¿Y estéticamente, qué cambia en los movimientos de ellas? "Las zapatillas terminan la línea de la bailarina y dan esa ligereza que parece que, más que bailar, está volando. Ofrece una fragilidad que da la impresión de que es un momento mágico, porque puede perder el equilibrio en cualquier momento".

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