Crítica de disco

Atoms For Piece: "Amok"

  • El segundo álbum de Thom Yorke al margen de Radiohead es un notable experimento en el que le acompañan Flea (Red Hot Chili Peppers) y Nigel Godrich, entre otros.

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A Thom Yorke no le gustan las cosas normales. El músico británico se ha acostumbrado a no seguir rutinas prefijadas, plazos ni convenciones ajenas a sus propias reglas. Por eso, quizá ya no sorprenda nada de lo que rodea a su nuevo proyecto pese a que, en sí, es bastante insólito.

Recapitulemos: tres años después de editar su primer álbum en solitario, 'The Eraser' (2006), el líder de Radiohead decidió interpretarlo en directo. Para ello reclutó como banda ni más ni menos que a Flea (Red Hot Chili Peppers), Nigel Godrich (productor habitual de Radiohead), Joey Waronker (uno de los más prestigiosos baterías del mundo, que ha tocado con R.E.M. y Beck, entre otros) y al percusionista brasileño Mauro Refosco (también músico de directo de los Peppers y de David Byrne). La identidad individual se volvió grupal y la formación se bautizó como Atoms For Peace.

Desde entonces, y en los últimos cuatro años, se ha ido gestando sin prisas este álbum. En realidad, no difiere tanto de lo que está haciendo Yorke con todos sus proyectos (ya sea aquel 'The Eraser', lo último de Radiohead o su single compartido con Burial y Four Tet), que parecen mezclarse y retroalimentarse constantemente.

Pero, por otro lado, hay una identidad diferencial marcada por las personalidades de sus componentes, no tanto con intención de buscar el lucimiento como de contribuir a la creación de un sonido propio, dicen que marcado por el influjo del afrobeat (escuchaban obsesivamente a Fela Kuti cuando lo grabaron), algo que aflora muy claramente en las guitarras del tema inicial ('Before Your Very Eyes'...) y en el protagonismo de una base rítmica caracterizada por los bajos casi matemáticos de Flea y de las adictivas percusiones de Waronker y Refosco. Godrich y Yorke aportan unas texturas electrónicas tan bellas como, por momentos, desquiciadas (en la parte final de 'Reverse Running' parece que un ejército de insectos se ha introducido en tu oído) y el vocalista vuelve a recurrir a esa forma de cantar flotante y fantasmal y a letras abstractas y moderadamente desconcertantes.

Es música tirando a experimental, pero para nada ensimismada. Música para bailar, pero en plan desencajado y friki, como las célebres coreografías de Yorke. Música de su tiempo que no se parece a nada más.

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