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Las diez mejores películas ganadoras del Oscar

El pasado lunes recibí un mail de mi amigo José María Aresté invitándome a participar en una macroencuesta sobre las mejores películas que han ganado el Oscar a lo largo de la historia del premio, cuyos resultados se publicarán a lo largo de la semana que viene en la web www.decine21.com. El reto consistía en seleccionar diez de los 89 filmes ganadores en esta categoría y clasificarlos del uno al diez. Y ésta es mi selección en la que, inesperadamente, al menos para mí, gana de lejos la década de los 70, no porque en ella se hiciera mejor cine que en otras (prefiero, de largo, los 40 y los 50) sino porque los acádemicos de esos años tuvieron mejor criterio a la hora de elegir. Y, no, no hay ningún título del siglo XXI...

El apartamento (Billy Wilder, 1960). Pocas son las comedias que han ganado el Oscar a la Mejor Película. Y una de ellas (aunque hay que reconocer que es una comedia muy amarga) es, además, la mejor película de todas las mejores películas. La obra maestra de Billy Wilder cuenta el triángulo sentimental entre un oscuro funcionario, una ascensorista y el jefe de ambos, a los que bordan Jack Lemmon, Shirley McLaine y Fred McMurray. Entre escenas hilarantes (como la de los espaguetis de la imagen), Wilder incluye una ácida y sarcástica reflexión sobre el poder, el arribismo y la deshumanizacion que genera el capitalismo.

El padrino II (Francis Ford Coppola, 1974). Hasta que llegó la sobrevaloradísima y plúmbea "El retorno del rey", era la única secuela que había ganado el premio gordo de la Academia. Si su predecesora (que también lo ganó) ya era una obra maestra incuestionable, aquí Francis Ford Coppola fue un paso más allá, regalándonos un fresco monumental no sólo sobre la mafia sino sobre la América de la segunda mitad del siglo XIX y la de mediados del siglo XX, a través de las historias en paralelo del joven inmigrante siciliano Vito Corleone y su ascensión a la aristocracia del crimen y de su hijo Michael, convertido el rey del mal más de medio siglo después. Al Pacino y Robert de Niro, que no coinciden en un solo fotograma, sublimes.

¡Qué verde era mi valle! (John Ford, 1941). John Ford ganó cuatro Oscar a la Mejor Dirección, por "El delator", "Las uvas de la ira", ¡Qué verde era mi valle!" y "El hombre tranquilo". Pero, sorprendentemente, sólo una de estas películas, la tercera, fue reconocida como la mejor del año. Adaptación de la novela de Richard Llewellyn, es un melodrama social que cuenta el día a día y las penurias de una familia de mineros en el Gales de finales del siglo XIX. Un precioso canto a la familia y la solidaridad, con un reparto monumental (Donald Crisp, Maureen O'Hara, Walter Pidgeon, Barry Fitzgerald) en el que el maestro dejó su sello en memorables escenas como aquella en que el viento juega con la melena pelirroja (fotografiada en blanco y negro, eso sí) de la maravillosa Maureen O'Hara.

El padrino (Francis Ford Coppola, 1972). La adaptación de la novela de Mario Puzo le permitió a Francis Ford Coppola dar el salto de prometedor talento a director más influyente del nuevo cine americano de los años 70. La crónica de la familia Corleone es, además de cine negro en estado puro, un análisis casi entomológico de las estructuras de poder. Y la forma de Coppola de rodar los asesinatos, con un fondo musical, revolucionó por completo el género y le abrió el camino a una nueva edad de oro. La composición de Marlon Brando como el patriarca queda como uno de los mayores legados que jamás ningún actor ha dejado a la Humanidad.

Casablanca (Michael Curtiz, 1942). El azar es lo que tiene: un proyecto que parecía condenado al desastre se convirtió, después de un rodaje disparatado e inenarrable, en uno de los grandes clásicos de todos los tiempos y en prototipo universal del romanticismo más exacerbado. La "culpa" la tienen unos diálogos sonrojantemente memorables ("presiento que éste es el comienzo de una hermosa amistad", "tu ibas de azul, ellos iban de gris", "¿son las bombas o los latidos de mi corazón?"), el mítico tema "As Time Goes By" y un reparto inmejorable en el que a la excepcional pareja protagonista se une una legendaria galería de secundarios, desde Paul Henreid hasta Claude Rains, pasando por Conrad Veidt, Peter Lorre y Sydney Greenstreet. Sí, de acuerdo, el filme es una colección de tópicos y lugares comunes, pero es tan emocionante y conmovedor...

Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930). La adaptación cinematográfica de la novela homónima del gran Erich Maria Remarque resultó un alegato tan firmemente antibelicista y antimilitarista como el propio libro. Abientada en las sucias y sangrientas trincheras de la  Primera Guerra Mundial, sigue a un grupo de estudiantes que se alistan en el conflicto llenos de sentimientos patrióticos y heroicos para poco a poco descubrir el horror y la sinrazón de la guerra. El plano final es de los que se clavan a fuego en la retina.

Sin perdón (Clint Eastwood, 1992). Increíblemente, sólo dos westerns han sido elegidos como la mejor película del año. El primero no fue ninguno de John Ford o de Howard Hawks o de Anthony Mann o de Raoul Walsh, sino "Bailando con lobos", de Kevin Costner. Y el segundo, la gran obra maestra de Clint Eastwood, que perfectamente podría haber firmado alguno de los directores citados más arriba... obviamente, sin contar a Kevin Costner. Un western crepuscular, oscuro y decadente en el que el director californiano plantea un sagaz estudio sobre la venganza, su necesidad y sus consecuencias. El propio Eastwood, Morgan Freeman, Richard Harris y Gene Hackman aportan las necesarias dosis de veterana testosterona a unos personajes que representan a la perfección el género cinematográfico más importante.

Annie Hall (Woody Allen, 1977). De Woody Allen podrán decir muchas cosas malas sobre sus relaciones con las mujeres (casi todas por demostrar, dicho sea de paso), pero nadie podrá negarle que como guionista y director ha creado algunos de los personajes femeninos más fascinantes de la Historia del Cine. Como la extravagante, estrambótica, independiente y adorable Annie Hall, que protagoniza la mejor película de su filmografía (bueno, empatada con "Manhattan") y a la que Diane Keaton sabe sacarle todo su jugo... no en vano Annie es una especie de trasunto de la propia Keaton, por aquel entonces pareja del cineasta. Los chispeantes diálogos deberían ser de estudio obligatorio en cualquier curso de guion que se precie.

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). Cuando Thomas Harris escribió la novela que dio pie a esta película probablemente no era consciente de que estaba forjando un mito del Séptimo Arte, el genial, sarcástico, inimitable y "un pelín" psicópata y caníbal Hannibal Lecter. Del resto se ocupó Anthony Hopkins en una de las diez mejores interpretaciones de la Historia del Cine. Frente a él, la mejor versión de Jodie Foster mantiene el tipo, lo que ya es decir y tiene muchísimo mérito. Un thriller rompedor y provocador que, cuantas más veces se ve, más engancha y más inquieta.

El cazador (Michael Cimino, 1978). Dos obras maestras por el precio de una: un melodrama costumbrista que recrea a la perfección una boda judía en la ciudad industrial de Pittsburgh y una inmersión como pocas veces se ha visto en el horror de la Guerra del Vietnam. Juntas conforman una preciosa y muy emocionante oda a la amistad y al espíritu de supervivencia. La obra cumbre de la apasionante filmografía de Michael Cimino es uno de esos filmes cuyo visionado resulta tan apasionante como doloroso, a lo que contribuyen las arrebatadas interpretaciones de Robert de Niro y, especialmente, Christopher Walken.


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