Metropoli

Blog Soñar despierto

El sentido de la vida

Veintidós largos años han pasado desde la última vez que salí de ver un estreno con la maravillosa sensación de que acababa de contemplar una indiscutible obra maestra, una película destinada a ocupar un lugar destacado en el Olimpo cinematográfico y a codearse de tú a tú con "El hombre tranquilo", "La regla del juego", "Cuentos de Tokio", "Con faldas y a lo loco", "Winchester 73" o "Vértigo". Por supuesto, estoy hablando de "Sin perdón", esa impagable joya firmada por el sucesor natural de John Ford, Clint Eastwood (al que, por cierto, hay que perdonarle el tremendo borrón que ha echado a su filmografía con "Jersey Boys").

Ellar Coltrane, al principio de la película...

Pues bien, esta semana he vuelto a experimentar esta sensación y ha sido tras el visionado de la película "Boyhood", de Richard Linklater. Una película de la que se ha hablado mucho por el arriesgado experimento que acomete en ella el cineasta texano: rodar el paso de la niñez a la edad adulta de su protagonista, reuniendo a los actores una semana al año para así reflejar el discurrir del tiempo. Al margen del talento para desarrollar un proyecto semejante, hacía falta tener suerte y que ninguno de los actores sufriera ningún percance y ninguno se apeara del carro en marcha. Linklater, para su fortuna y, sobre todo, la nuestra, la ha tenido.

Pero todo esto no es sino el lujoso envoltorio de la película que, a los tres minutos de estar sentados en la sala, se desvanece y da paso a lo que de verdad importa, el contenido, que es la Verdad con mayúsculas. Porque, de repente, nos encontramos con que estamos viendo la vida misma, marcada a fuego por el lento pero inexorable devenir del tiempo y que, aunque en muchas ocasiones parezca que no es así, tiene todo el sentido del mundo.

...y al final de la misma

Y lo mejor de todo es que "Boyhood" es una película sencilla, extremadamente sencilla, cuyo argumento se puede resumir en tres líneas: la vida cotidiana de dos hermanos y sus padres durante doce años. Pero en sus 165 minutos se resume todo aquello que hace que la vida valga la pena: reír, llorar, amar, ganar, perder, luchar, tener, no tener... existir, vivir.

Y si el contenido es inolvidable, estilísticamente es un prodigio. Todo fluye con una apabullante naturalidad: en un memorable ejercicio de montaje, las elipsis de varios meses o varios años no sólo no provocan ningún sobresalto sino que tienen toda la coherencia del mundo. La planificación es de un clasicismo renovado, con una cámara que alterna el estatismo cuando es necesario con unos travellings llenos de inteligencia. La comedia y el drama se alternan y se mezclan como en la vida misma. 

Los actores profesionales, con los excelentes Ethan Hawke y Patricia Arquette a la cabeza, dan una lección de compromiso y ética. Y qué decir del buen ojo de Linklater para seleccionar a Ellar Coltrane... Porque de niño funciona, opero es que se lo toma casi como un juego, con la absoluta complicidad del director. Pero es que de adolescente y de adulto cumple como si fuera un veterano, y eso es algo que diez años atrás nadie podía prever. Bueno, nadie excepto Linklater, que para eso estamos hablando de uno de los tres mejores directores en activo del mundo, autor de la que es, desde ya, una de las mejores películas de todos los tiempos.


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