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Blog Soñar despierto

La alegría de la huerta

Hasta el momento, se podía afirmar sin miedo a equivocarse que el director austriaco Michael Haneke, además de ser un genio, era el cineasta más pesimista, oscuro y derrotista de la historia. Pero hete aquí que este verano hemos descubierto a otro realizador, Ulrich Seidl, también austriaco, que con su tremebunda trilogía "Paraíso" convierte a Haneke en un optimista impenitente. ¿Qué pasa en Austria, para que el poco cine de ese país que llega a nuestras pantallas derroche tanto pesimismo, tanta desesperanza, tanta angustia, tanto dolor? La pregunta, evidentemente, queda en el aire, porque aquí de lo que voy a hablar es de esa trilogía, tan fascinante como repulsiva.

"Paraíso: Amor"

Protagonizados por tres mujeres de una misma familia, dos hermanas maduras y la hija de una de ellas, cada uno de los episodios se centra en una de ellas durante sus vacaciones de verano. En el primero, "Amor", se cuentan las peripecias sexuales de la hermana mayor en Kenia, de efebo de pago en efebo de pago. El segundo, "Fe", gira alrededor del ultracatolicismo y los intentos de evangelizar a los inmigrantes de la pequeña, aficionada a autoflagelarse ante un crucifijo. Y, finalmente, el tercero, "Esperanza", describe la estancia de la hija de la primera, con sus 85 kilos a cuestas, en un demencial campamento para niños obesos y su insana relación con un médico 40 años mayor que ella.

"Paraíso: Fe"

Aunque se pueden ver independientemente sin ningún problema, juntos conforman un terrible fresco de los males que acechan a la sociedad el bienestar, donde los sentimientos que se citan en los títulos brillan, paradójicamente, por su ausencia: ni hay amor ni hay fe ni mucho menos esperanza en las desventuras de las tres protagonistas. Que no son, para nada, muy diferentes de las desventuras cotidianas de la gran mayoría de habitantes de ese primer mundo cada día más deshumanizado, marcado por la soledad, la intolerancia, la sordidez, la incomprensión, la insolidaridad... 

"Paraíso: Esperanza"

Con un estilo extremadamente austero, crudo y descarnado, basado en largos planos secuencia, en la práctica inmovilidad de la cámara, en unas interpretaciones exageradamente naturalistas (buena parte de los actores no son siquiera profesionales), en la ausencia de cualquier artificio (por no haber, no hay ni música incidental), una fotografía hiperrealista (las escenas nocturnas estás cubiertas de grano, ante la ausencia de iluminación), Seidl se convierte, y por extensión convierte al espectador, en un mirón indiscreto que asiste, entre el asombro, la estupefacción, el horror y una fascinación culpable a un desfile de conductas reprobables, de cuerpos deteriorados, de relaciones insostenibles. Es decir, se obliga y nos obliga a ser testigos de situaciones más habituales de lo que nos gustaría pensar, por mucho que nos esforcemos por intentar ignorarlas.

Lo ideal sería ver la trilogía completa de un tirón, pero como eso equivaldría a estar recibiendo puñetazos (metafóricos pero igualmente dolorosos) en el estómago durante seis horas, las autoridades sanitarias deberían recomendar verlas por separado, con una posolgía de 24 horas entre una y otra. Como mínimo.

 


4 » Comentarios ¿Quieres comentar? Entra o regístrate

  1. gines2 07.sep.2013 | 11:49

    #1

    Eso se llama decadencia de una sociedad burguesa y lo que lo vemos somos un pasote de decadentes. Acomodamiento burgues produce tanto aburrimiento que nos fijamos en esa sociedad pesimista y repulsiva como tú mismo dices.

  2. Cleomenes 07.sep.2013 | 19:40

    #2

    Yo más bien diría decadencia moral o hipocresía sin rebozo. La sociedad occidental defiende unos valores en los que no cree y un estilo de vida con el que no se identifica. Hay una dualidad entre el Occidente Oficial y el Occidente Real, entre lo que vendemos de cara a la galería y la triste verdad que nos negamos a ver. Una sociedad esquizofrénica verdaderamente.

  3. Agridulce 08.sep.2013 | 10:03

    #3

    Tengo que agradecer al Sr. Luchini, que aunque yo no he visto la película, haya sido capaz de condensar el mensaje con tanto acierto. Para contradecir los primeros comentarios de reconocimiento de los síntomas del mal que nos acecha. Para mí la causa de tales males reside en como se degrada la condición del Ser Humano cuando se vende el alma al Diablo, (lease Estado). Cuando pasamos a ser clase social (burgueses, trabajadores, políticos corruptos o esclavos de la industria o la administración), dejamos de ser seres sociales. Somos autómatas dirigidos por nuestros más perversos deseos. Esto no tiene que ver con lo que se dice siempre "El Ser Humano es malo", nuestro problema es que renunciamos a Ser, elegimos inconscientemente actuar como gilipollas.

  4. zoilocua 08.sep.2013 | 10:22

    #4

    Los "artistas" confunden belleza o armonía estética con felicidad, y usan el feísmo como metáfora tramposa de la decadencia. La gente buena o feliz no tiene porqué ser hermosa. Los austríacos eran bellos, cultos y delicados en pleno horror nazi. Al Sr. Lucchini, también él un esteta, la obesidad por sí sola, le resulta una evidencia flagrante de sordidez. Lo que es decadente no es la sociedad sino el Arte de cenáculo y brocha gorda que se regodea morbosamente en las miserias humanas con el "realismo" como subterfugio.

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