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...con Feito

Charlar con Luis Feito (Madrid, 1929) es hacerlo de arte, por supuesto, de lo que él llama "ocurrencias" (esas ideas dentro de su gremio para impresionar, pero que dan paso a otras casi instantáneamente y se olvidan a la misma velocidad: "Hoy vivimos de las ocurrencias") y de un camino que empezó hace mucho tiempo, pero que se niega a llamar carrera: "Esa palabra me horroriza. Prefiero decir mi pintura".

Feito, uno de los nombres que formaron el célebre grupo artístico El Paso, entre los que estuvieron Antonio Saura o Gustavo Torner (quien, por cierto, le visita durante nuestro encuentro), presenta una exposición muy especial en la galería Fernández-Braso de Madrid, una muestra singular porque reúne obras suyas de los últimos años 50 y los primeros 60, pintadas entre Madrid y París. Una época en la que él mismo se reconoce ya una "cierta madurez, el principio de una tendencia que luego ya explotará completamente".

Aquellos fueron unos años de buenas experiencias, como cuando participó  en la Bienal de Venecia con sala propia y en la que ganó el premio David Bright (1960), y también de momentos duros: "Es desconcertante ver todos estos cuadros, es como si uno ve a un hijo perdido después de 50 años. La primera mirada es de sorpresa. En la segunda, uno ya analiza si hizo lo que tenía que hacer, si de verdad están bien o hay algún defecto. Pero luego me quedo sorprendido de tanto trabajo, de tanto esfuerzo y tanta lucha. No podría volverlo a hacer".

Rememora, por ejemplo, esos días en los que había que pintar sin dinero y se escatimaba hasta en las telas: "Era un tiempo de muchísima dificultad porque la gente no te hacía caso, mucho menos los críticos, salvo honrosas excepciones, y de vender un cuadro, nada. Cuando alguna persona inconsciente te preguntaba el precio y le pedías 25.000 pesetas se iba horrorizada, porque pensaba que era carísimo".

Se para, reflexiona, e insiste en aquella lucha: "Me parece inhumano, me quedo sorprendido, es algo mágico que ha salido, una cosa misteriosa. Claro, era joven y la visión cambia muchísimo". Finalmente, se ríe y lanza: "Cómo he podido trabajar tanto y tan bien".

Se reconoce influencias orientales, una cultura que le fascina, y cree que aquello le marcó para llevar a cabo el tipo de pintura que hacía entonces, una especie de pintura automática en la que procuraba que los pensamientos no entorpecieran su objetivo: "Tenía que sacar lo más profundo de lo que sentía". "No me preparaba nunca, me ponía en blanco, como si fuera el primer cuadro que fuera a pintar. La cabeza no intervenía para nada. Eso es muy oriental", señala. "Yo lo miro y me parece que el cuadro ya está. Me quedo contento si me he aproximado a lo que quería, si no, me quedo muy fastidiado", explica.

Fue entonces también cuando empezó a trabajar en obras de grandes proporciones, todavía una novedad en esos días. "No estaba la moda americana, la del cuadrado enorme, no teníamos locales para pintar así, pero me decidí a hacerlo para la Bienal de Venecia. Había que atreverse, era importantísimo y me lo jugaba todo". La apuesta salió bien y vendió todas las obras que presentó, las 10 que colgaron de las paredes y cuatro que hubo que guardar por falta de espacio. Ante uno de esos cuadros, el de mayores proporciones, nos explica que la noche anterior, sin saber por qué, ha soñado con él: "No sé, pero es que es muy especial".  

'Feito. Pinturas de 1957 a 1962'. Galería Fernández-Braso (C/ Villanueva, 30. Madrid). Hasta el 2 de marzo. Horario: de lunes a viernes: de 10 a 14h. y de 17 a 20.30h. Sábado: de 11 a 14 h. Entrada gratuita.  

Otras exposiciones incluidas en esta sección y aún abiertas: Jazz en la Biblioteca Nacional, Van Dyck, P. Genovés, María Blanchard y Juan Gris


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