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Dehesa de Moncalvillo

DATOS BÁSICOS:

Situación. San Agustín del Guadalix.

Cómo llegar. Desde Madrid, por A-1 hasta San Agustín de Guadalix.

Distancia. 35 kilómetros desde Madrid.

Accesos. Desde el Ayuntamiento de San Agustín del Guadalix, tomar la calle de Lucio Benito hasta una rotonda donde se continúa en la misma dirección por la Avenida Félix Rodríguez de la Fuente. Proseguir entre la plaza de toros y el polideportivo, dejando a mano izquierda el cementerio hasta la siguiente rotonda. Bordearla hasta alcanzar la pista que aquí se inicia con el mismo rumbo noroeste.

El acueducto de La Retuerta, uno de los más monumentales del Canal de Isabel II. Foto: Marga Estebaranz.

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Geografía e Historia, naturaleza y obras públicas. A primera vista, parecen disciplinas alejadas, alguien podría decir que antagónicas. La realidad es que la primera, la geografía, condiciona por completo a la segunda, la Historia, y las últimas, las obras públicas, alcanzan su proyección más fantástica según sea la magnitud del reto que les propone el medio natural, su más absoluto condicionante.

La Dehesa de Moncalvillo, ejemplo de libro de lo que es un monte mediterráneo, se encarga de demostrarlo a un tiro de piedra de la capital madrileña. Su historia es la razón de su naturaleza y ésta la motivadora de obras tan singulares como los acueductos tendidos hace siglo y medio para llevar las aguas del Lozoya a una capital de reino que hasta entonces debió contentarse con el ¡Agua va!, un puñado de fuentes públicas y los viajes de los aguadores.

Todo se lo debemos a Pedro González de Mendoza. Este desconocido personaje fue hombre de capital importancia en su tiempo, hace cinco siglos. Además de obispo de Calahorra, era el quinto hijo de Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana.

Conocido como el Gran Cardenal, el mote hizo justicia en este eclesiástico, que ejerció influencia total en los asuntos del clero y de estado, alcanzando gran predicamento sobre los mismísimos Reyes Católicos. Semejantes dedicaciones no le restaron tiempo para tener varios hijos naturales, que legitimó con toda la naturalidad y aceptación de la Corte en la que residía, dicho sea de paso.

La joya del marquesado

Aparte de todo esto, lo que aquí nos interesa es que recibió como herencia de su padre una de las joyas de la corona del marquesado: la finca de Moncalvillo, notable extensión ganadera donde pastaban importantes rebaños de ganados vacuno, ovino y tal vez porcino. La heredad se extendía entonces por la mayor parte de los actuales municipios de Pedrezuela y San Agustín del Guadalix. La única condición que puso el marqués para transferir la posesión es que se conservara tal cual la donaba.

Mendoza respetó la voluntad de su padre dejando indivisa la propiedad más allá de su muerte. Así permaneció principios del XIX, momento en que la división provincial realizada entonces no hizo caso del testamento del gran marqués, partiéndola entre los dos municipios. Con el paso del tiempo, Pedrezuela dividió el monte comunal entre sus vecinos, perdiéndose la naturaleza y el espíritu de esta parte de la finca.

No sucedió lo mismo con su vecino, cuyos munícipes tal vez imbuidos por el espíritu de los Santillana, decidieron mantenerla como estaba. Así permaneció incluso en plena burbuja inmobiliaria. La llegada de la crisis fue una bendición para la dehesa, pues cercenó de cuajo más de un proyecto urbanístico que pendía sobre el bendito monte, que así sigue para delicia de excursionistas, ciclistas y paseantes.

Monte mediterráneo

Ejemplo perfecto de monte mediterráneo, su sistema adehesado es un tapiz vegetal que cubre los sucesivos pliegues que desde las rampas del Jarama trepan rumbo a la Sierra de la Cabrera y la  Somosierra. Paisaje de lomas tendidas y barranqueras abiertas a cuchillo, prosperan en sus rincones toda suerte de aderezos vegetales mediterráneos.

Encinas en primer lugar, también algún bosquete de robles y adustos ejemplares de enebros siempre subrayados por los hilillos de plata de arroyos tan anónimos como obedientes con los mandatos de la fuerza de la gravedad. Los jugosos herbazales, ya estos días en plena explosión floral, se dejan salpicar por canchales y afloramientos graníticos que añaden una pizca de sal a tan virgiliano escenario.

Sus actores no son otros que buitres, leonados y negros, águilas, milanos, azores, gavilanes y ratoneros en lo más alto. Algo más bajo, pero siempre en el aire, abubillas recién llegadas de su viaje africano, rabilargos, cucos, oropéndolas y otras muchas aves. Ya con el pie en tierra, jabalíes, zorros, ginetas, erizos, topos, liebres, comadrejas y conejos.

Desde la rotonda cercana al cementerio, la pista que nos lleva a esta dehesa se dirige decidida hacia el noroeste. En ligera cuesta arriba, se atraviesan campos desnudos ocupados por zonas de cultivo. Continuar por la pista principal sin hacer caso de las bifurcaciones, hasta alcanzar la urbanización La Sima, a un kilómetro y medio de la rotonda. En su final se sitúan unas edificaciones del Canal de Isabel II.

No continuar por la pista que bordea la finca por su derecha y que marcha hacia el oeste, sino por el camino que a su derecha arranca para ascender un corto desnivel. A medida que asciende el empinado trecho toma cuerpo y no tarda en pasar junto a unas canteras, para concluir en una pista que, a la derecha continua en ascenso ahora más suave, hasta que 300 metros más adelante, alcanza una interminable cerca de piedra.

Vista a la dehesa

Al otro lado de la cerca en sucesivas lomas el mundo mediterráneo se pierde más allá del horizonte. Remata el panorama la robusta silueta del cerro del Olivar, el patriarca de la dehesa. Sin pasar al otro lado, continuar a la derecha, nordeste, con la valla a mano izquierda por una zona despejada siempre cuesta arriba. Cruzar un pequeño barranco y empalmar una bajada donde el camino principal gira a la derecha. Abandonarlo por el menos marcado que continúa paralelo a la cerca de piedra. La bajada se empina a medida que se desciende hasta embocar la depresión abierta por el arroyo del Caño.

Cruza de punta a punta este impresionante barranco el monumental acueducto de La Retuerta, uno de los más impresionantes del largo recorrido que traza el Canal de Isabel II entre sus inicios en la presa de Patones y Madrid. El camino lleva hasta la base del primero de sus pilares, donde continúa cauce abajo. No conviene seguirlo, sino dirigirse justo debajo del viaducto.

Se continúa por el tramo más singular de los caminos madrileños, el que pasa por los sucesivos arcos abiertos en los pilares centrales del acueducto. En la otra orilla se empalma con un sendero que desciende por el vallejo con las aguas a la derecha hasta la carretera de servicio de las instalaciones del Canal.

Continuar por la carretera a mano izquierda durante medio kilómetro, hasta alcanzar una pista de tierra que tomada a la derecha empalma con la pista que nos sacó de San Agustín del Guadalix, concluyendo el camino por el mismo itinerario por el que lo comenzamos.

Hato de ovejas en la dehesa de Moncalvillo. Foto: Marga Estebaranz.

FICHA:

Tiempo. 2.00 horas.

Longitud. 7 kilómetros.

Desnivel. 150 metros. (San Agustín del Guadalix, 670 metros; valla dehesa de Moncalvillo, 820 metros).

Recorrido. Circular.

Dificultad. Ruta sin dificultades que transita por pistas y caminos.

Material. Botas de marcha.

Recomendaciones. Llevar agua abundante y protección solar. Una guía de aves ayudará a reconocer las abundantes especies que residen en la zona.


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